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4.12.07

Nada que decir... hasta nuevo aviso


DAMAS Y CABALLEROS, por decisión unánime de mi conciencia, y dada la alta propensión al bostezo acumulada en mis últimos posts (innecesarios, atolondrados, pusilánimes), he resuelto hacer una pausa, hasta nuevo aviso. Voy a encerrarme a terminar lo que inicié y que es quizá lo único de lo que podría haber hablado aquí, que no me haga dar sueño.

Hace ya algún tiempo decidí aceptar sin culpa mi simpatía por el gusano anélido: la lombriz de tierra. Y ya es hora de comenzar a hablar bien de este tipo de gusano. Aceptar esa amistad sólo significaba una cosa: perderme, sin pudor, con toda mi voluntad, en el placer de esos libros. No literatura, sólo esos libros. Pasear por las tumbas de las bibliotecas, excavar galerías bajo el suelo y poner la nariz en cadáveres de papel roído. Hay vida: borbotea anhelante en esas páginas. Me atrae la tierra húmeda, los anaqueles polvorientos, las salas de autopsia de mentira, dibujadas sobre madera, los diagramas inútiles de Arquímedes, la herejía de los agnoetas (ignorantes), la Edad Media antes de Aquino, las excusas intestinales de Darwin y el closet de los copistas. Closet: prehistoria del estudio, una salita chiquita, cerrada como caja, pegada a la ventana, con una mesa miserable.


He construido ya mi propia torre de márfil, en el sentido opuesto del cielo, en el rincón más oscuro del subterráneo. Allí, como ahora, en la oscuridad de esta pieza frente a la pantalla, cruzo los dedos cada día para que las horas se multipliquen. Y me atreva a escribir.

14.3.07

La seriedad...


Estoy escribiendo sobre un asunto realmente serio y me he visto enfrentado a un dilema de proporción similar: cómo hacer para ser sincero y al mismo tiempo mantenerme serio mientras escribo. Es decir, que he optado en ese texto por la seriedad. Y éste es el dilema: ¿Se puede decidir por la no-seriedad en asuntos que parecen no admitir otra opción?

La respuesta a esa pregunta, me parece, es funcional a otra interrogante, no menos problemática: cuál es el antónimo de lo serio. Lo que sigue es un fragmento del prólogo del texto en el que trabajo (una cosa muy, muy seria), donde intento justificar mi decisión.

***

He abusado en otros textos del mote latino castigat ridendo mores que significa algo así como corregir los hábitos con la risa. Jean Baptista de Santeuil acuñó la sentencia en el siglo XVII para describir la ópera cómica.

La seriedad, como yo la entiendo, es una posición, una forma de situarse, de mirar y de hablar. En suma, una postura. No hay consenso sobre la etimología de la palabra, pero a ella confluye una familia de voces latinas: serius, seriĕtas, severitas (Real Academia Española, 1739, p. 96, y 1780, p. 836). El adjetivo serio, por ejemplo, refería en las versiones tempranas del Diccionario específicamente a la postura física de una persona: sentada y compuesta, grave, mesurada en el semblante, circunspecta, áspera en el modo de mirar y en el modo de hablar. La definición extendía su valor a otros adjetivos: severus, sincerus: severo, sincero, sin doblez, sin engaño. La cualidad —la serie de cualidades: entereza, aspereza, rectitud, gravedad, corrección, circunspección— se podía aplicar a las acciones: acción seria, acción severa, acción sincera. En el juego de esa secuencia, lo contrario a seriedad era alguien (su postura, sus acciones) liviano, blando, informal, incorrecto, con doblez. Sinónimos de doblez son la duplicidad, la astucia, el disfraz, la hipocresía y la impostura. Ahora, sugerir que la ausencia de seriedad es sinónimo de simulación y engaño es llevar los términos demasiado lejos.

Me permito, entonces, regresar al sentido visual de la palabra: la seriedad es una postura: firme, recta, sólida, inmutable, estable, constante. Lo contrario, la no-seriedad, es por tanto también una postura: más tranquila, más liviana, desenvuelta, inclinada, líquida, vacilante, mudable, inconstante. Es una posición de distensión, de flaccidez, de descanso. En ella se abre espacio el desliz, la broma, la mueca, el desorden, el error. Descrita así, no sería del todo improcedente considerar la seriedad un disfraz extenuante, un artificio impostado.