15.4.08

Ver escribir

La culpa me corroe. Y lo peor es que no he hecho nada malo. Siento entonces el impulso de unas ganas brutales de enfrentar directo a los ojos el origen de esta sensación culposa. Traerla a mi escritorio, sentarla en la mesa, someterla a un minucioso escrutinio visual, intenso, metódico.


***

El mes pasado, Edmundo Paz Soldán anotaba en su
blog (en un comentario acerca de blogs) dos datos sobre Nietzsche. Primero, que el alemán escribía a mano y que después comenzó a hacerlo a máquina. Y segundo, bueno, más que dato era un no-dato, una idea. Dice Nietzsche (la traducción, intuyo, es del boliviano): "Nuestras herramientas de escritura funcionan en nuestra forma de pensar". Como el blog de Edmundo acepta comentarios, pensé escribir y preguntar allí por el origen de la cita. En realidad no exactamente por la cita sino por algún vínculo, cómo decirlo, entre esa idea y el libro ése donde el bigotudo propone 'filosofar a martillazos'. Aunque, claro, yo más bien tenía en mente algo mucho menos sesudo. Más bien pensaba en algo auditivo. Digamos, en una relación acústica entre el título del libro (martillazos), la brevedad metálica del texto (martillazos) y el sonido del tecleteo de las viejas máquinas de escribir (martillazos).

Después me arrepentí. ¿Y qué tal si, en vez de andar agobiando a otros con preguntas extrañas, rastreaba yo mismo las referencias? Después de todo, quienquiera que hoy se proponga esas preguntas llegará al mismo dilema. Nietzsche no estará allí para corroborar los hallazgos. Transcribo entonces los resultados de mi exploración [iniciada un lunes por la noche, después de Dancing with the Stars].

0. Dónde comenzar. Mmm. Esta es la historia de un invento y de gente famosa que usó el invento (gente que uno tendería a pensar que no lo habría usado, la idea es sentirse sorprendido). Ensayo, entonces, un camino como el de Henry Petroski. Petroski es un ingeniero, profesor en Duke, que se ha dedicado a escribir la historia de cosas que se echan a perder. Cosas que fallan (puentes que se caen, vasos que se quiebran). Como el hombre es ingeniero, casi todo lo mira por el lado de la eficiencia: se detiene en el error hasta encontrarle la perla. El único problema es que, a ratos, da la impresión de que escribe como quien hace la lista de compras para el supermercado (bueno, sólo a ratos). En fin. La historia de Nietzsche, de si escribió o no a máquina, debería estar en algo tipo Petroski, algo como su biografía del lápiz, esa donde dice que la gracia del lápiz es que sus huellas se pueden borrar [memorable: hasta cierto punto, un blog admite lo mismo y yo lo hago con frecuencia].


1. Estación uno: este artículo de Joan Acocella en la revista New Yorker. El tema es la máquina de escribir y los escritores. Acocella muestra su sorpresa frente al hecho de que Nietzsche hubiera usado una. Pero enseguida declara entenderlo. El viejo filósofo por lo visto compró el aparato como quien compra aspirinas para el dolor de cabeza: "[E]n el esfuerzo de hallar alivio a la migraña y a su incipiente ceguera --síntomas... de un caso de sífilis en etapa avanzada-- compró uno de estos nuevos artilugios."

2. Desde Acocella llega uno directo al canadiense Darren Wershler-Henryen, autor de The Iron Whim: A Fragmented History of Typewriting (Cornell, Ithaca, 2007). Los datos de Paz Soldán se encuentran en las páginas 50 y 51 de este libro. Wershler-Henry habla de Nieztsche como el "filósofo del fragmento". Dice que Nieztsche consideró comprarse una máquina de escribir en 1879 y lo hizo dos años más tarde. La máquina que eligió --un modelo que hoy nos parecería rarísimo-- se la compró al pastor e inventor danés Hans Rasmus Malling Hansen (las estadounidenses le habrían parecido demasiado pesadas).

3. Al canadiense, por supuesto, le interesaban más las máquinas dactilográficas que los desmadres del germano. Es decir que, en este caso, la información la derivó de otro autor, al que cita de modo explícito: el teórico sajón Friedrich Kittler. Fue Kittler quien propuso la hipótesis de que Nietzsche desarrolló ese estilo aforístico, tipo telegrama, como una consecuencia directa "de la adopción de la máquina de escribir... en un periodo de ceguera creciente y constantes migrañas" (Grammophon Film Typewriter, Berlín 1986, Stanford 1999). O sea que los datos proceden de aquí. La cita específica a la que hacía alusión el boliviano aparece en la página 200 de la versión en inglés (la misma que cita el canadiense, a partir de la traducción de Geoffrey Winthrop-Young y Michael Wutz).

El nombre de la máquina era 'esfera escribiente' (skrivekugle en danés). Había sido registrada como invento en 1865 y no se parece en nada a las que se masificaron más tarde. Tenía las teclas en la parte superior, organizadas en círculo, a la manera de una bola de cristal. Nietzsche llegó a identificarse de tal modo con el aparato que, en febrero de 1882, la describió en estos términos: "Es una cosa como yo: hecha de acero" ["Schreibkugel ist ein Ding gleich mir von Eisen"]. Menciona atributos específicos, que también percibe en él: se repliega con facilidad cuando viaja y para su disposición se requiere tacto y paciencia en abundancia, y dedos finos. Algunos años antes, la primera vez que vio una de estas cosas, se había preguntado si acaso eran humanas.




La 'esfera escribiente', máquina de escribir del danés Hans Malling-Hansen, patentada en 1865. Hansen era además director del instituto para sordomudos de Copenhague. Éste es un ejemplar de 1878. Fue uno de estos modelos el que usó Nietzsche, ya casi ciego. "Los ojos ya no tendrán que volver a hacer su trabajo", anotó después de una semana de haberla comenzado a usar en 1882. Según Kittler, la máquina influyó directamente en lo que escribió Nietzsche. Y sobre todo en cómo lo escribió.





¿Cómo se escribe a martillazos? Si uno mira con detalle el artefacto quizá el rabioso alemán se refería literalmente a eso. Esto es lo que se deriva desde los documentos que consultó Kittler. La máquina fue diseñada en el espíritu de la silla de ruedas: un dispositivo para compensar deficiencias fisiológicas. Y también para usarla en las oficinas del telégrafo, para la transcripción rápida de telegramas. Nietzsche sufría de miopía extrema y, según el testimonio de un médico que lo habría visitado en 1877, su visión en el ojo derecho virtualmente no le permitía identificar las letras. Con el izquierdo, "a pesar de la miopía... todavía podía registrar imágenes normales". La migraña era evaluada como un síntoma secundario. No podía mantener la vista fija en la lectura por más de veinte minutos. Los ojos le dolían. En 1881, en una carta a su hermana, comenta que recibió muestras, dibujos y evaluaciones de la máquina de Hansen. "Ésta la que quiero (la estadounidense es demasiado pesada)." El aparato costaba 375 marcos y había que pagar por separado los gastos de envío. La fábrica estaba en Dinamarca y en Alemania no había un lugar formal donde adquirirla. Al parecer, había que comprarla bajo cuerda. Cuando ya la tuvo en sus manos, Nietzsche escribió: "Después de una semana... los ojos ya no tendrán que volver a hacer su trabajo."

Fue entonces (no habría sido 'entonces' sino seis años después)desde ese ahora raro aparato (para entonces se dice que ya habría dejado de usar la máquina, o sea, que a lo mejor lo escribió a mano) desde donde Nietzsche hizo emerger, ya casi en la locura, casi ciego, estas palabras: "Buscando los principios, uno se convierte en un cangrejo. El historiador, de tanto mirar hacia atrás, termina por creer también hacia atrás." Chuta.


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* Correcciones en rojo:  4 de enero de 2011.

6 comentarios:

Maca. dijo...

Chuata.. es bueno hacer este tipo de ejercicio de ir a la fuente, el de busquilla, como el que hiciste tú. Aunque, mi personalidad de patúa en constante ascenso, habría hecho preguntarle al tío del blog. En fin.

Es potente eso de comprar una máquina como si fuera una aspirina. Me quedó dando vuelta. De seguro soñaré con eso. La volaíta.

Gracias por el cuento que dejaste en mi recinto. Está de pelos.


Saludos.

Pedro Galindo dijo...

Bueno, de hecho después se lo pregunté a Edmundo y él fue muy amable en su respuesta. Pero la verdad es que a mí no me interesaba tanto dar con la fuente y punto. Mi curiosidad era el hecho de explorar cosas con la vista. Eso. Y hacerlo con el caso de alguien (Nietzsche) que al parecer ya no podía hacer lo mismo. Si Nietzsche ya no veía, o veía muy poco, yo supongo que sí podía hacer otras cosas. Mi inquietud, entre otras muchas, era ésa: cuáles eran esas 'otras' cosas que hacía cuando escribía a máquina, si ya no estaba usando los ojos. Por eso me pareció relevante conocer la máquina en cuestión. Cómo se diferenciaba del lápiz. Y cómo se diferenciaba en los sentidos de un cuasi ciego. Qué escuchaba, olía, palpaba Nietzsche mientras articulaba lo que escribía. A mí me parece que eso puede tener algún valor a la hora de leer lo que el hombre escribió. Pero también a la hora de leer cualquier cosa, con o sin letras.

punto dijo...

No tiene que ver con nada, pero un colega escribe sobre el error de las dicotomías humanas del conocer el mundo en un pc que funciona con 1s y 0s

Pedro Galindo dijo...

Hola Punto,
No estoy seguro si entendí el comentario.

punto dijo...

Dime lo que entendiste, si te interesa saber y te digo algo

Pedro Galindo dijo...

Entendí que un colega tuyo escribe sobre el error y algo relacionado con su PC, dos números y los humanos. De lo primero, no sé si se refiere a las teclas o al código binario. En uno u otro caso, he entendido sin dificultades que tu colega escribe y que, en tus palabras, eso "no tiene que ver con nada".